Desde el siglo XX, la catedral ha actuado como musa de artistas. El primero en retratarla fue Victor Hugo y tras él se multiplicaron las torres, los jorobados y las Esmeraldas. Todos quisieron contar este tesoro que las llamas casi apagan.

Nadie hubiera creído la imagen parisina de este 15 de abril, con Notre Dame en llamas. La caída de su techo y aguja, con los patronos San Denis y San Genevieve, se asemeja más a las ficciones que tanto inspiró, que a una verdadera quema. De estar vivo, hoy Marcel Proust recordaría esta escena con cada olor de madera, mientras que los impresionistas diluirían con lágrimas la silueta de la catedral, creando un todo anaranjado, de casi un siglo de historia.

Y es que la llamada Señora de París, el Nuestra que antecede pertenece a los franceses, es un símbolo religioso, pero también una referencia artística. Situada donde se cruzan todos los caminos de la capital, representa al gótico europeo que buscaba ganarse a Dios con cualquier minúsculo detalle: cuanto más monumental fuera este, más espiritualidad adquirían sus bóvedas de crucería, sus enormes arbotantes y sus coloridos rosetones.

Si bien antes del gótico, Notre Dame, iniciada por el obispo Maurice de Sully en 1163, fue otros artes. Fue de hecho un enlace entre estilos, siendo lugar de culto celta y templo galo-romano, para después dar cabida al románico, al barroco y al gótico clásico, más en comunión con la ciudad. Por esta evolución contenía tanta luz, siempre cerca del Eterno, y daba cobijo a otras obras plásticas, ya independientes de la basílica, como las reliquias de Cristo (una Corona de Espinas, parte de la cruz y un clavo) o 'La visitación' de Jean Jouvenet.

La literatura salvó una vez a Nuestra Señora

Es en este edificio, alterado por coronaciones y guerras, que en 1830 encontró Victor Hugo un amor y un propósito. Romántico como su época, al escritor de la ciudad de Besanzón le parecía una injusticia que algunos quisieran demoler las fachadas medievales y las estructuras góticas. Según él, era "mutilar" un patrimonio que aunque degradado debía preservarse. Lo intentó con panfletos, pero solo logró convencer a sus coterráneos con una novela: 'Notre Dame de París' (1831).

En ella, desde el rey hasta las ratas tienen su personificación en la catedral, mantenida por el jorobado sordo Quasimodo. En silencio, este se une con Nuestra Señora para hacer frente al malvado archidiácono Claude Frollo (su padre adoptivo) y defender a la desdichada gitana Esmeralda, la única que le llega a demostrar qué es la bondad en un duro siglo XV.

Entonces, la trama fue tan popular que hizo que surgiera en Francia toda una ola de preservación, que no olvidó el "inadmisible" estado de Notre Dame (su restauración fue encargada por concurso a Eugène Viollet-le-Duc y aprobada por ley en 1945). Pero por encima de todo, la obra generó tal referencia cultural que aún dura su efecto y eso hace que no se olvide el gran incendio que en ella cita el autor, cuando las gárgolas "vomitaban una lluvia ardiente".

En el cine, el bondadoso jorobado ya es un clásico

Aún muchos sueñan con las gárgolas de Le-Duc (fueron una aportación del arquitecto) y creen que Quasimodo habita escondido entre los campanarios del siglo XIII, gracias a Victor Hugo, de quien se dice que se inspiró en un tallador jorobado de Notre Dame. Así contribuyó el autor francés en la realidad sobre el edificio, que ha sido plasmado en numerosas películas, que tienen variantes del nombre 'Nuestra Señora de París'. La primera data de 1905 y fue el corto mudo 'Esmeralda'; mientras las siguientes, las de 1923, 1939, 1956 y 1982, prefirieron tener como protagonistas al famoso jorobado y a la gitana, que en el 97 fue encarnada por Salma Hayek.

Unas veces interpretado por Lon Chaney y Charles Laughton, y otras por Anthony Quinn y Anthony Hopkins, la escena más repetida es sin duda la del jorobado frente a la fachada de Notre Dame, donde es azotado y humillado por unos crímenes de rapto que no le pertenecen. Quasimodo pide agua y la única que tiene intacta su humanidad es la bailarina Esmeralda, que lo refresca y socorre, llenándolo de amor y esperanza. Una escena que en la animación de Disney, de 1996, es igual de dura, pero que se ve compensada por las tiernas gárgolas. Y todo apunta a que la secuencia no quedará aquí, porque habrá un remake musical de acción real en 2022.

En ese sentido, y al margen de Victor Hugo, otras cintas hicieron de Notre Dame su protagonista. Entre ellas está 'Van Helsing' (2004), porque en un momento del filme el cazador de vampiros, o Hugh Jackman, se adentra por el techo de la basílica en busca de Mr.Hyde, el alter ego del doctor Jekyll. Del mismo modo, el templo aparece de lleno o tímidamente en 'Midnight in Paris' (2011) y 'Before Sunset' (2004), siendo esta la más recordada, cuando Ethan Hawke y Julie Delpy siguen su historia por el río Sena y mencionan la belleza de Notre Dame, pero también la posibilidad de que algún día deje de existir. Porque la vida es efímera, y eso incluye todo lo que se ama.

La belleza de su fachada, pintada y cantada por siempre

Maurice Utrillo, Émile Schuffenecker, Édouard Cortès, conocido este como "el poeta parisino de la pintura", y hasta Victor Hugo en acuarela… Todos los pintores de la época se emocionaron alguna vez frente a Notre Dame y la identificaron bastión de la inspiración; era el lugar donde poner el caballete y captar el instante. Aunque su mayor retratista fue Henri Matisse, quien la dibujó de forma reiterada entre 1895 y 1914, antes de que otra guerra le cambiara el semblante.

La relación de Matisse con la catedral es un amor a primera vista, desde el edificio del Quai Saint-Michel, en el que vivía y vivió por varios años. El pintor de 'Mujer con sombrero' la contemplaba desde su ventana y a medida que fue cambiando su estilo y su psique, la fue transformando: unas veces llena de color (por el fauvismo) y otras llena de sombras (expresionismo), como esta geométrica y oscura, que anticipa un futuro bélico y austero. Así sentía el pintor su obra, como una memoria que había que construir, y reconstruir, y construir de nuevo.

Años después, casi 50, le siguió los pasos el español Pablo Picasso. A París la conocía tan bien, París fue su trampolín al éxito y un hogar de amores, que no necesitó estar en la ciudad para recordarla y reflejar en un cuadro las torres de Nuestra Señora. En 1954, fecha de una de sus representaciones del templo, se estaba enamorando de Jacqueline Roque, su segunda esposa, y para la crítica, sobre Notre Dame reflejó esa última "felicidad". ¿Habría querido plasmar este fuego?

Se temía que el fuego consumiera Notre Dame por completo, y con ella una de sus obras más valoradas: el órgano de músicos veteranos como Jean-Pierre Leguay u Olivier Latry. Ellos son organistas titulares de la catedral y esperan hacer sonar de nuevo al templo, que ha visto cómo la música también ha sido restaurada y modificada con los años, por varios instrumentos. El de ahora, que tenía partes de los siglos XVII, XVIII y XIX, lo harían tocar con un sonido de esperanza, esperando que su órgano y la catedral queden intactos.

Y con ellos, podríamos imaginar, a la voz francesa Édith Piaf y su 'Bajo el cielo de París', con la que "levanta una canción / desde su antigua Cité / cerca de Notre Dame / donde a veces se gesta un drama". O a un querido amigo de Victor Hugo, el romántico poeta Gérard de Nerval, que se animaría a expresar que: "La antigua basílica creerán estar viendo (gentes de todo el mundo) / poderosa y magnífica, como fue tiempo atrás / que se yergue cual sombra de una muerta a sus ojos".

Toda la música, la pintura, el cine y la literatura, rendida ante Nuestra Señora de París.